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jueves, 1 de diciembre de 2016

EL AMIGO

EL AMIGO

A Carlos
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Aterrizó en esa ciudad.

Tenía un solo objetivo. Visitar a su amigo.

También quería visitar a su compañera, porque su amigo estaba muerto.

Por la distancia donde vivía, no pudo estar con él en sus últimos momentos. De todas maneras, pensaba, había sido una muerte anunciada. Fumaba y fumaba. Su mujer también. Murió de un previsible y nada sorprendente cáncer de pulmones.

Habían tenido una larga amistad. A veces separada en el tiempo pero el teléfono acortaba distancias.
Se querían, se respetaban. Eran de distinta formación social y cultural, no tenían casi nada en común, salvo el afecto y el respeto mutuo. Es lo que consigue la amistad, ese bien tan escaso. Por eso nada importaba de donde venía cada uno. Y así se daban las cosas.

En sus encuentros, habían tenido largas conversaciones sobre lo humano y lo divino. Al visitante le gustaba la espontaneidad del otro. Su sentido común, sus opiniones sobre el tango y la vida, y que para él no había sido fácil.


A su viuda en cambio la conocía desde hacía muchísimos años; habían sido y eran colegas de Universidad. Habían generado una amistad muy fuerte desde esa lejana época y desde incluso un matrimonio anterior que ella había tenido antes de conocer al amigo.

Se instaló en un hotel; pidió un taxi y fue hasta el Cementerio a visitar la tumba del amigo. Era la tarde; el viento acariciaba suavemente el follaje de los árboles y el sol era buen compañero en esa tarde de invierno. El recorrido fue corto. Se vio en la puerta del Cementerio y luego de una breve caminata, llegó hasta el lugar. No se veía a nadie.

Estaban los dos amigos juntos de nuevo. Uno de pie y el otro no. Las confidencias empezaron enseguida. Las disculpas por no haber podido estar; las recriminaciones que le había hecho sobre lo pernicioso de la costumbre que lo llevó hasta allí. El diálogo era sutil y mudo. Entre 2 personas. Una viva y la otra no. Pero para uno, era como si otra vez estuviesen hablando en el bar. El que hablaba imaginaba las respuestas como un ajedrez mágico.

Él le contó sus últimos éxitos (pocos) y algún fracaso, no muchos para no preocupar al amigo yacente. En un momento pareció que se acabaron los temas. Él se sentó sobre la tumba mirando hacia el horizonte. Cuando se reunían también había silencios y no importaban. Sabían que ese rato estaban los dos. Uno frente al otro. Ahora también. Ligados por el afecto, el compañerismo, el humor, la complicidad.

Que más se podían contar que el otro no supiera…

Llegó el momento de la despedida. No se podían abrazar como antes. El que se iba, dio unas palmadas cariñosas en la tumba, prometió volver y al irse, recibió una ráfaga de aire cálido, templado. Pensó que era el abrazo que le faltaba. Desde la puerta del Cementerio, agitó los brazos en señal de despedida y volvió al hotel.

Mañana volvía a su ciudad.

1 comentario:

  1. Supongo que la historia es real y no creo equivocarme. Muy dolida su experiencia y debe haber sido un amigo importante. El relato emociona. Saludos

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